Gnosis Trascendental TV

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viernes, 10 de septiembre de 2010

Las Tres Mentes

Existen por doquiera muchos bribones del intelecto, sin orientación positiva y envenenados por el asqueante escepticismo.

Ciertamente el repugnante veneno del escepticismo contagió a las mentes humanas en forma alarmante desde el siglo XVIII.

Antes de aquel siglo, la famosa isla Nontrabada o Encubierta, situada frente a las costas de España se hacía visible y tangible constantemente.

No hay duda de que tal isla se halla ubicada dentro de la cuarta vertical. Muchas son las anécdotas relacionadas con esa isla misteriosa.

Después del siglo XVIII la citada isla se perdió en la eternidad, nadie sabe nada sobre la misma.

En las épocas del Rey Arturo y de los caballeros de la mesa redonda, los elementales de la Naturaleza se manifestaron por doquiera, penetrando profundamente dentro de nuestra atmósfera física.

Son muchos los relatos sobre duendes, genios y hadas que todavía abundan en la verde Erim, Irlanda; desafortunadamente todas estas cosas inocentes, toda esta belleza del alma del mundo, ya no es percibido por la humanidad debido a las sabihondeces de los bribones del intelecto y al desarrollo desmesurado del Ego animal.
 
Hoy en día los sabihondos se ríen de todas estas cosas, no las aceptan aunque en el fondo ni remotamente hayan logrado la felicidad.

Si las gentes entendieran que tenemos tres mentes, otro gallo cantaría, posiblemente hasta se interesarían más por estos estudios.

Desgraciadamente los ignorantes ilustrados metidos en el recoveco de sus difíciles erudiciones, ni siquiera tienen tiempo para ocuparse de nuestros estudios seriamente.

Esas pobres gentes son autosuficientes, se hallan engreídas con el vano intelectualismo, piensan que van por el camino recto y ni remotamente suponen que se encuentran metidas en un callejón sin salida.

En nombre de la verdad debemos decir que en síntesis, tenemos tres mentes: a la primera podemos y debemos llamarla Mente Sensual, a la segunda la bautizaremos con el nombre de Mente Intermedia, a la tercera la llamaremos Mente Interior.

Vamos ahora a estudiar cada una de estas tres mentes por separado y en forma juiciosa.

Incuestionablemente la Mente Sensual elabora sus conceptos de contenido mediante las percepciones sensoriales externas.

En estas condiciones la Mente Sensual es terriblemente grosera y materialista, no puede aceptar nada que no haya sido demostrado físicamente.

Como quiera que los conceptos de contenido de la Mente Sensual tienen por fundamento los datos sensoriales externos, indubitablemente, nada puede saber sobre lo real, sobre la verdad, sobre los misterios de la vida y de la muerte, sobre el Alma y el Espíritu, etc.

Para los bribones del intelecto atrapados totalmente por los sentidos externos y embotellados entre los conceptos de contenido de la Mente Sensual, nuestros estudios esotéricos les son locura.

Dentro de la razón de la sin razón, en el mundo de lo descabellado, ellos tienen razón debido a que están condicionados por el mundo sensorial externo. ¿Cómo podría la Mente Sensual aceptar algo que no sea sensual?

Si los datos de los sentidos, sirven de resorte secreto para todos los funcionalismos de la Mente Sensual, es obvio que estos últimos tienen que originar conceptos sensuales.

Mente Intermedia es diferente, sin embargo tampoco sabe nada en forma directa sobre lo real, se limita a creer y eso es todo.

En la Mente Intermedia están las creencias religiosas, los dogmas inquebrantables, etc.

Mente Interior es fundamental para la experiencia directa de la verdad.

Indubitablemente la Mente Interior elabora sus conceptos de contenido con los datos aportados por la Conciencia Superlativa del Ser.

Incuestionablemente la Conciencia puede vivenciar y experimentar lo real. No hay duda de que la Conciencia sabe de verdad.

Sin embargo para la manifestación, la Conciencia necesita de un mediador, de un instrumento de acción y éste en sí mismo es la Mente Interior.

La Conciencia conoce directamente la realidad de cada fenómeno natural y mediante la Mente Interior puede manifestarla.

Abrir la Mente Interior sería lo indicado a fin de salir del mundo de las dudas y de la ignorancia.

Esto significa, que sólo abriendo la Mente Interior nace la fe auténtica en el ser humano.

Mirada esta cuestión desde otro ángulo, diremos que el escepticismo materialista es la característica peculiar de la ignorancia. No hay duda de que los ignorantes ilustrados resultan ciento por ciento escépticos.

La fe es percepción directa de lo real; sabiduría fundamental; vivencia de eso que está más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.

Distíngase entre fe y creencia. Las creencias se encuentran depositadas en la Mente Intermedia, la fe es característica de la Mente Interior.

Desafortunadamente existe siempre la tendencia general a confundir la creencia con la fe. Aunque parezca paradógico enfatizaremos lo siguiente: «El que tiene Fe verdadera no necesita creer».

Es que la fe auténtica es sapiencia vívida, cognición exacta, experiencia directa.

Sucede que durante muchos siglos se ha confundido a la fe con la creencia y ahora cuesta mucho trabajo hacerles comprender a las gentes que la fe es sabiduría verdadera y nunca vanas creencias.

Los funcionalismos sapientes de la Mente Interior, tienen como resortes íntimos todos esos datos formidables de la sabiduría contenida en la Conciencia.

Quien ha abierto la Mente Interior recuerda sus vidas anteriores, conoce los misterios de la vida y de la muerte, no por lo que haya leído o dejado de leer, no por lo que otro haya dicho o dejado de decir, no por lo que se haya creído o dejado de creer, sino por experiencia directa, vívida, terriblemente real.

Esto que estamos diciendo no le gusta a la Mente Sensual, no puede aceptarlo porque se sale de sus dominios, nada tiene que ver con las percepciones sensoriales externas, es algo ajeno a sus conceptos de contenido, a lo que le enseñaron en la escuela, a lo que aprendió en distintos libros, etc., etc., etc.

Esto que estamos diciendo tampoco es aceptado por la Mente Intermedia porque de hecho contraría a sus creencias, desvirtúa lo que sus preceptores religiosos le hicieron aprender de memoria, etc.

Jesús el Gran Kabir advierte a sus discípulos diciéndoles: «Cuidaos de la levadura de los saduceos y de la levadura de los fariseos».

Es ostensible que Jesús El Cristo con esta advertencia se refirió a las doctrinas de los materialistas saduceos y de los hipócritas fariseos.

La doctrina de los saduceos está en la Mente Sensual es la doctrina de los cinco sentidos.

La doctrina de los fariseos se halla ubicada en la Mente lntermedia, esto es irrefutable, irrebatible.

Es evidente que los fariseos concurren a sus ritos para que se diga de ellos que son buenas personas, para aparentar ante los demás, más nunca trabajan sobre sí mismos.

No sería posible abrir la Mente Interior si no aprendiéramos a pensar psicológicamente.

Incuestionablemente cuando alguien empieza a observarse a sí mismo, es señal de que ha comenzado a pensar psicológicamente.

En tanto uno no admita la realidad de su propia psicología y la posibilidad de cambiarla fundamentalmente, indubitablemente no siente la necesidad de la auto‑observación psicológica.

Cuando uno acepta la Doctrina de los Muchos y comprende la necesidad de eliminar los distintos “yoes” que carga en su psiquis con el propósito de liberar la Conciencia, la Esencia, indubitablemente de hecho y por derecho propio inicia la auto‑observación psicológica.

Obviamente la eliminación de los elementos indeseables que en nuestra psiquis cargamos origina la apertura de la Mente Interior.

Todo esto significa que la citada apertura es algo que se realiza en forma graduativa, a medida que vayamos aniquilando los elementos indeseables que llevamos en nuestra psiquis.

Quien haya eliminado los elementos indeseables en su interior en un ciento por ciento, obviamente también habrá abierto su Mente Interior en un ciento por ciento.

Una persona así poseerá la fe absoluta. Ahora comprenderéis las palabras del Cristo cuando dijo: «Si tuvieseis fe como un grano de mostaza moveríais montañas».              

Samael Aun Weor, “La Gran Rebelión”

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