Gnosis Trascendental TV

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lunes, 14 de mayo de 2012

LA ORACION EN EL TRABAJO


        Observación, juicio y Ejecución, son los tres factores básicos de la disolución. Primero: se observa. Segundo: se enjuicia. Tercero: se ejecuta. A los espías en la guerra, primero se les observa; segundo se les enjuicia; Tercero se le fusila.
En la inter-relación existe auto-descubrimiento y auto-revelación. Quien renuncia a la convivencia con sus semejantes, renuncia también al auto-descubrimiento.
Cualquier incidente de la vida por insignificante que parezca, indubitablemente tiene por causa un actor íntimo en nosotros, un agregado psíquico, un «Yo».
El auto-descubrimiento es posible cuando nos encontramos en estado de alerta percepción, alerta novedad.
«Yo» descubierto in fraganti, debe ser observado cuidadosamente en nuestro cerebro, corazón y sexo.
Un «Yo» cualquiera de lujuria podría manifestarse en el corazón como amor, en el cerebro como un ideal, más al poner atención al sexo, sentiríamos cierta excitación morbosa inconfundible.
El enjuiciamiento de cualquier «Yo» debe ser definitivo. Necesitamos sentarle en el banquillo de los acusados y juzgarle despiadadamente.
Cualquier evasiva, justificación, consideración, debe ser eliminada, si es que en verdad queremos hacernos conscientes del «Yo» que anhelamos extirpar de nuestra psiquis.

Ejecución es diferente; no sería posible ejecutar a un «Yo» cualquiera sin haberle previamente observado y enjuiciado.
Oración en el trabajo psicológico es fundamental para la disolución. Necesitamos de un poder superior a la mente, si es que en realidad deseamos desintegrar tal o cual «Yo».
La mente por sí misma nunca podría desintegrar ningún «Yo», esto es irrebatible, irrefutable.
Orar es platicar con Dios. Nosotros debemos apelar a Dios Madre en nuestra intimidad, si es que en verdad queremos desintegrar «Yoes», quien no ama a su Madre, el hijo ingrato, fracasará en el Trabajo sobre sí mismo.
Cada uno de nosotros tiene su Madre Divina particular, individual, ella en sí misma es una parte de nuestro propio Ser, pero derivado.
Todos los pueblos antiguos adoraron a «Dios Madre» en lo más profundo de nuestro Ser, pero derivado.
Todos los pueblos antiguos adoraron a «Dios Madre» en lo más profundo de nuestro ser. El Principio femenino del Eterno es ISIS, MARIA, TONANTZIN, CIBELES, REA, ADONIA, INSOBERTA, etc., etc., etc.
Si en lo meramente físico tenemos Padre y Madre, en lo más hondo de nuestro Ser tenemos también a nuestro Padre que está en secreto y a nuestra Divina Madre Kundalini.
Hay tantos padres en el cielo cuantos hombres en la Tierra. Dios Madre en nuestra propia intimidad es el aspecto femenino de nuestro padre que está en secreto.
EL y ELLA son ciertamente las dos partes superiores de nuestro Ser íntimo. Indubitablemente EL y ELLA son nuestro mismo Ser Real más allá del «Yo» de la psicología.
EL se desdobla en ELLA y manda, dirige, instruye. ELLA elimina los elemento indeseables que en nuestro interior llevamos, a condición de un Trabajo continuo sobre sí mismo.
Cuando hayamos muerto radicalmente, cuando todos los elementos indeseables hayan sido eliminados después de muchos trabajos conscientes y padecimientos voluntarios, nos fusionaremos e integraremos con el «PADRE-MADRE», entonces seremos Dioses terriblemente divinos, más allá del bien y del mal.
    Nuestra Madre Divina Particular, individual, mediante sus poderes flamígeros puede reducir a polvareda cósmica a cualquiera de esos tantos «Yoes» que haya sido previamente observado y enjuiciado.
En modo alguno sería necesaria una fórmula específica para rezarle a Nuestra Madre Divina interior. Debemos ser muy naturales y simples al dirigirnos a ELLA. El niño que se dirige a su Madre, nunca tiene fórmulas especiales, dice lo que le sale de su corazón y eso es todo.
Ningún «yo» se disuelve instantáneamente; nuestra Divina Madre debe trabajar y hasta sufrir muchísimo antes de lograr una aniquilación de cualquier «Yo».
Volveos introvertidos, dirigid vuestra plegaria hacia adentro, buscando dentro de vuestro interior a vuestra Divina Señora y con súplicas sinceras podéis hablarle. Rogadle desintegre aquél «Yo» que hayáis previamente observado y enjuiciado. El sentido de auto-observación íntima, conforme se vaya desarrollando, os permitirá verificar el avance progresivo de vuestro trabajo.
Comprensión, discernimiento, son fundamentales, sin embargo se necesita de algo más si es que en realidad queremos desintegrar el «MI MISMO». La mente puede darse el lujo de rotular cualquier defecto, pasarlo de un departamento a otro, exhibirlo, esconderlo, etc., más nunca podría alterarlo fundamentalmente.
Se necesita de un poder especial superior a la mente, de un poder flamígero capaz de reducir a cenizas cualquier defecto. STELLA MARIS, nuestra Divina Madre, tiene ese poder, puede pulverizar cualquier defecto psicológico.
Nuestra Divina Madre, vive en nuestra intimidad, más allá del cuerpo, de los afectos y la mente. Ella es por sí misma un poder ígneo superior a la mente. Nuestra Madre Cósmica particular, individual, posee Sabiduría, Amor, y Poder. En ella existe absoluta perfección. Las buenas intenciones y la repetición constante de las mismas, de nada sirven, a nada conducen.
     De nada serviría repetir: «No seré lujurioso»; los Yoes de la lascivia de todas maneras continuarán existiendo en el fondo mismo de nuestra psiquis. De nada serviría repetir diariamente: «No tendré más ira». Los Yoes de la ira continuarán existiendo en nuestros fondos psicológicos. De nada serviría decir diariamente: «no seré más codicioso». Los yoes de la codicia continuarán existiendo en los diversos trasfondos de nuestra psiquis. De nada serviría apartarnos del mundo y encerrarnos en un convento o vivir en alguna caverna; los «Yoes» dentro de nosotros continuarían existiendo.
Algunos anacoretas cavernarios a base de rigurosas disciplinas llegaron al éxtasis de los santos y fueron llevados a los cielos, donde vieron y oyeron cosas que a los seres humanos no les es dable comprender; sin embargo, los «Yoes» continuaron existiendo en su interior.
Incuestionablemente la Esencia puede escaparse del «Yo» a base de rigurosas disciplinas y gozar del éxtasis, empero, después de la dicha, retorna al interior del «Mí Mismo».
Quienes se han acostumbrado al éxtasis, sin haber disuelto el «Ego», creen  que ya alcanzaron la liberación, se auto-engañan creyéndose Maestros y hasta ingresan a la involución sumergida. Jamás nos pronunciaríamos contra el arrobamiento místico, contra el éxtasis y la felicidad del Alma en ausencia del EGO. Sólo queremos poner énfasis en la necesidad de disolver «Yoes» para lograr la liberación final.
La Esencia de cualquier anacoreta disciplinado, acostumbrado a escaparse del «Yo», repite tal hazaña después de la muerte del cuerpo físico, goza por un tiempo del éxtasis y luego vuelve como el Genio de la lámpara de Aladino al interior de la botella, el Ego, al Mí mismo.
    Entonces no le queda más remedio que retornar a un nuevo cuerpo físico, con el propósito de repetir su vida sobre el tapete de la existencia. Muchos místicos que desencarnaron en las cavernas de los Himalayas, el Asia Central, ahora son personas vulgares, comunes y corrientes en este mundo, a pesar de que sus seguidores todavía les adoren y veneren.
 
Cualquier intento de liberación por grandioso que éste sea, si no tiene en cuenta la necesidad de disolver el Ego, está condenado al fracaso.
 

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